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Paco seguía allí.Me habló de esto y de lo otro. Nos miramos y se fue. Siempre es lo mismo. Algunas veces pienso que ya he tenido suficiente con quince minutos de compañía humana.

Como los gatos. Yo tengo uno, se llama Isidoro. Todo el mundo dice que se llama igual que el gato de la tele. Bueno, en realidad no lo dice nadie, porque hace meses que no entra nadie en mi casa,aparte del calvo barrigón.

Los gatos son como pequeños duendecillos de orejas puntiagudas. Isidoro tiene mucho pelo y parece esponjoso, como una nube de azúcar. Pero nunca lo abrazo porque no tengo ganas. Después dirán los gilipollas de turno que los gatos son ariscos, cuando en realidad el problema que tienen es que sus compañeros, compañeros o esclavos, según como se mire, son verdaderos haraganes, al igual que yo.

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Son las cuatro y media de la tarde y todavía no he escrito nada. Me queda poco para terminar el adelanto de la editorial y, me muevo en un mar de incertidumbre, en el que no se si llegaré a terminar nada de lo que he escrito en el tiempo en el que me han dado. Me quedare sin pasta pronto, muy pronto.

Me pondré el primer whisky de la tarde en todo caso, quizás después, a última hora de la tarde, se me ocurra algo coherente.

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Bebí el primer sorbo y lo dejé encima de la mesa. Empecé a escribir un montón pero solo salía mierda de mis dedos. Me imaginé que la punta de mis dedos tenía anos y soltaban un montón de mierda. Me empezó a doler la cabeza.

Me levanté y me fui a la cocina. Se me había pasado la tarde en un santiamén.

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