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Hace un viento de levante de los que te matan. Te absorbe como a una esponja y te deja sin alma, como un zombie de los que deambulan en las películas de Romero. Antes de comer me ha sobrado algo de tiempo y me he tirado a la piscina. Estas últimas semanas aquí en el sur, en Cádiz, son realmente agotadoras, sobre todo para los que tenemos la suerte de trabajar en pleno verano. Suerte, porque parece que el turismo es lo único que hay aquí de trabajo. Y bienvenido sea.

Tengo una tortuga domiciliada en un terrario que está situado en el porche de mi casa. Cohabita con alguna salamanquesa y miles de mosquitos en estas calurosas noches de verano. Suponen un ecosistema ideal, pues creo que el tema funciona así: La salamanquesa se come a los mosquitos y la tortuga mira todo como como en una tarde de toros, con cierto menosprecio, mientras se tambalea de un lado a otro en busca de algún camarón suelto sobrante de la última comida. Y poco más, supongo que su vida pasa sin calamidades que aguantar, gilipollas que soportar o vicios que esquivar. Parece demasiado triste incluso para una tortuga ¿no?

La piscina está a unos seis metros del porche. Entre ella y este se prolonga una extensión de terreno considerable, al menos para un animal de este tamaño. Yo estaba seguro de que cruzar esto era toda una odisea para la tortuga. Creía que le costaría lo suyo caminar entre césped gigante con el pesar del calor encima de su alargado y arrugado cuello. Pensaba que no sería fácil para ella llegar a la piscina. Pero me equivoqué.

Cuando me di cuenta, el terrario tortuguero, que es mucho más bajo que los típicos para lagartos, tenía la tapa superior abierta. La tortuga se había escapado. Quería ir en busca de la libertad. Pero no se conformaba con darse una vueltecita por aquella particular selva tropical,no, ella ansiaba el mar. Quería saber como se sentía nadando sin limites, sumergiéndose a profundidades inalcanzables para su pequeño cuerpo, sin base de plástico que la pudiera limitar la profundidad.

La descubrí en el borde derecho de la piscina, son sus pequeñas patas preparadas para dar el salto. Tenía la cabeza apuntando hacía arriba, supongo que saboreando el momento, la brisa, yo que se. Su cuello estaba realmente estirado, en tensión. La boca muy apretada. Si no fuera porque sé que estoy un poco loco, os diría que incluso me miró durante un instante, con un gesto de melancolía. Pobre tortuga, salí corriendo para cogerla antes de que lo hiciera, pero yo en el fondo quería que cumpliera su sueño, que encontrara durante un instante su preciada libertad.

Estoy seguro de que me sintió, me dirigí con mis pasos de gigante hacía ella. Pero en aquella milésima de segundo me acordé de que había vertido la última dosis de cloro en la piscina. Y con toda la diligencia que pude, pegué las zancadas más grandes para llegar a tiempo. No podía permitir que se llenaran de cloro los pulmones de aquel insensato animal.

No llegué a tiempo y saltó. Vi con impotencia como se escabullía en la profundidad de aquellas aguas blancas, llenas de químicos y cloro. La busqué con una red que tengo para recoger la suciedad de la piscina y pude atraparla.

De momento parece que está bien. Pero está en periodo de observación. Creo que se me quedará grabado por mucho tiempo aquel gesto en su cara segundos antes de lanzarse al abismo. Todo por la preciada búsqueda de la libertad.

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