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No hay peor resignación que la inevitable. Ocurre con las cosas más insignificantes y cotidianas. Como cuando se nos cae un vaso de cristal al suelo y tenemos que recoger cada uno de los pequeños trozos de cristal segmentados después del accidente, permaneciendo diseminados de una forma sanguinaria entre los espacios más recónditos del suelo. O como cuando te quedas sin agua caliente en la ducha. No creo que exista nadie capaz de guardar de una forma aceptable la mesura. Después de escupir mil insultos, acordarnos de la familia de cualquiera que nos venga a la mente, pasamos a la etapa de aceptación y, posteriormente, a la resignación. Aceptamos nuestro destino e intentamos aguantar el agua congelada sobre nuestras cabezas, pecho y espalda de la mejor forma posible. Lo peor, esa brizna de agua fría que perfila un recorrido por nuestras espalda, desde el cuello hasta los lumbares. Dura tan solo un instante, pero es insoportable.

La resignación que podría ser evitada es la que nos proporciona más culpabilidad, la que despierta deseos oscuros y muy humanos, incluso creencias religiosas. Nos sumerge en un estado de letargo mental, en el que planificamos cada uno de los pasos que teníamos que haber seguido para no llegar a esa situación: “Tenía que haber comprado una bombona ayer”, “No sé porque no he revisado antes el aire acondicionado”.

Pero también pensamos en el pasado y nos resignamos. Pensamos en el presenta y nos resignamos. Es inevitable y nos molesta. Nos incordia a menudo, como una oscura sombra que encapota nuestras acciones. Nos aflige y nos pisa el cordón de nuestros zapatos. Nos hace más débiles. Nos somete.

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