Últimamente no comparto mucho sobre política, por motivos que no vienen al caso. Pero en el día de hoy no he podido dejar de recordar algo que necesitaba compartir con algunos de mis exiliados virtuales favoritos.

La reflexión es esta:

Hace tiempo que no hablo con las dos. Pero en esa época eran mis dos amigas de Madrid. Las dos venían a veranear al mismo sitio desde sitios diferentes y quizá, aunque ellas no lo supieran, sus padres lo hacían por el mismo motivo. Es el encanto del sur, que envuelve, que hipnotiza. No es la gente ni la comida, es simplemente el sur. El sur, al sur.

Recuerdo haberle dicho a una de ellas que tenía otra amiga de Madrid. Y recuerdo también haber tenido ese tipo de pensamientos fugaces tontos en los que crees que puede que se conozcan por ser de la misma tierra. Unos meses después me daría cuenta de que el destino las había unido de una manera, cuanto menos, trágica. Todavía en la distancia pero unidas por la tragedia que también hizo una piña a un pueblo que no merecía lo que pasó.

Llamé por teléfono durante toda la mañana. Aquel día llamé a las dos y no me cogieron el teléfono hasta bien entrada la tarde. Por mi mente no dejaron de pasar estos fugaces pensamientos antes descritos, en los que me convencía a mi mismo de que por ser de Madrid estarían en el mismo lugar de los atentados. Y estaban, pero no les pasó nada a las dos. Y me da pena recordar esas imágenes con la preocupación de estas personas. Me da pena todo lo que pasó y se me pone el vello de punta cada vez que pienso que diez días antes de lo ocurrido yo estuve en la estación de Atocha. Que quizá por algún motivo no estuve ese día y si diez días antes a la misma hora.

Mis dos amigas siguieron su camino por la vida, cada una con el suyo. Perdí la pista hacia estos caminos, pero se que están bien. Al menos yo lo espero. Guardo una carta de una y la sonrisa de la otra.

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